Murió el Roña Castro: campeón mundial, coraje y solidaridad

Jorge Roña Castro murió este miércoles 14 de octubre a los 59 años y dejó de luto al deporte argentino. El excampeón mundial se descompensó mientras se encontraba en el Bingo de Morón y no pudo ser reanimado. El informe preliminar de la autopsia indicó que sufrió un edema agudo de pulmón como consecuencia de una falla cardíaca y que se trató de una muerte no traumática.

Su legado, sin embargo, supera ampliamente las circunstancias del adiós. Castro protagonizó una de las remontadas más extraordinarias del boxeo nacional, disputó 144 peleas profesionales y convirtió el hambre que padeció durante la infancia en el motor de una enorme tarea solidaria. Fue campeón dentro del ring, pero también eligió seguir peleando cuando ya no había cinturones en juego.

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Del hambre en Caleta Olivia a campeón del mundo

Jorge Fernando Castro más conocido como Roña Castro nació el 18 de agosto de 1967 en Caleta Olivia, Santa Cruz. Creció junto a cinco hermanos y atravesó una infancia marcada por la separación de sus padres, la pobreza y la falta de alimento. Su madre trabajaba como portera de una escuela, pero el dinero no alcanzaba.

A los 15 años comenzó a entrenarse para canalizar el temperamento que ya mostraba en las peleas callejeras. De allí surgió el apodo “Roña”, que más tarde conviviría con otro nombre inseparable de su figura: “Locomotora”.

Debutó como profesional en 1987 con un nocaut sobre el chileno Patricio Caracci. Dos años después se consagró campeón argentino superwelter y en 1990 conquistó el título sudamericano. Su estilo no estaba construido desde la elegancia: avanzaba, soportaba castigo y siempre conservaba la posibilidad de cambiar una pelea con una sola mano.

Castro enfrentó a figuras como Terry Norris y Roy Jones Jr. antes de alcanzar la cima. El 12 de agosto de 1994 derrotó por decisión dividida a Reggie Johnson en San Miguel de Tucumán y conquistó el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo.

La “Mano de Dios” que lo convirtió en leyenda

El momento que definió su carrera llegó el 10 de diciembre de 1994 en Monterrey, México. Castro defendía la corona frente al estadounidense John David Jackson y estaba recibiendo una paliza. Tenía un ojo cerrado, el rostro cubierto de sangre y perdía con claridad en las tarjetas.

En el noveno asalto, cuando la derrota parecía inevitable, encontró un gancho de izquierda que mandó a Jackson a la lona. El estadounidense intentó continuar, pero volvió a caer y el árbitro detuvo el combate.

Castro bautizó aquel golpe como “La Mano de Dios”, en homenaje a su amigo Diego Maradona. La revista especializada The Ring eligió el enfrentamiento como la mejor pelea de 1994 y también distinguió al noveno asalto como el round del año.

Aquella noche explicó al Roña mejor que cualquier estadística. Podía estar golpeado, exhausto y al borde de perder, pero nunca aceptaba la derrota antes de tiempo. Su resistencia se convirtió en una forma de identidad y lo acercó definitivamente al público argentino.

Después defendió el cinturón ante Alex Ramos y volvió a superar a Reggie Johnson. Perdió la corona frente a Shinji Takehara en Japón, en diciembre de 1995, pero continuó compitiendo durante más de una década.

Un récord enorme y una carrera sin atajos

Castro terminó su trayectoria profesional con 144 peleas: 130 victorias, 90 de ellas por nocaut, 11 derrotas y tres empates. También conquistó cinturones regionales en diferentes categorías, desde superwelter hasta crucero.

Enfrentó dos veces al legendario Roberto “Mano de Piedra” Durán. Ganó el primer combate en Mar del Plata, en 1997, y perdió la revancha disputada en Panamá. También volvió a vencer a Jackson en 1998 y desafió a campeones como Juan Carlos Gómez y Vasiliy Jirov.

Su carrera estuvo atravesada por los excesos de un boxeo que muchas veces llevó al límite. En 2005 sufrió un grave accidente automovilístico que le provocó un colapso pulmonar y fracturas en las costillas. Logró recuperarse y regresó al ring.

La última pelea profesional llegó en enero de 2007, cuando venció por nocaut técnico a José Luis Herrera. En 2013 realizó una exhibición con Marcelo Domínguez en el Luna Park y cerró simbólicamente su relación con el estadio donde había ayudado a devolverle protagonismo al boxeo.

En 2000 recibió el Diploma al Mérito de la Fundación Konex como uno de los cinco mejores boxeadores argentinos de la década.

Roña Castro: Del gimnasio a una enorme red solidaria

El legado más profundo del Roña se construyó después de colgar los guantes. En marzo de 2020 compró un gimnasio en Temperley, pero la pandemia le impidió utilizarlo con normalidad. En lugar de cerrarlo, decidió transformarlo en una olla popular.

La iniciativa comenzó con comida para 30 personas y rápidamente debió ampliarse. Con el tiempo, Castro llegó a administrar cuatro comedores propios, abastecer a otros diez y colaborar con nueve merenderos del conurbano bonaerense.

Su compromiso no era una pose. “Sé lo que es pasar hambre y pasar frío”, explicaba cuando le preguntaban por qué ayudaba. Además de alimentos, entregaba útiles, guardapolvos, frutas, verduras y mercadería para que las familias pudieran atravesar el fin de semana.

En su gimnasio también entrenaban alrededor de 170 jóvenes. Mediante el programa Guantes por la Vida, impulsaba la enseñanza del boxeo en cárceles y buscaba ofrecerles a chicos de sectores vulnerables una herramienta de contención y disciplina.

La red solidaria llegó a asistir a familias de Lomas de Zamora, Villa Fiorito, Almirante Brown, Ezeiza y su Caleta Olivia natal. En los últimos años ya no acudían solamente madres con chicos: también se acercaban jubilados y trabajadores que no conseguían llegar a fin de mes.

El Roña fue campeón argentino, sudamericano y mundial. Compartió el ring con algunos de los mejores boxeadores de su generación y protagonizó una pelea que todavía ocupa un lugar privilegiado en la memoria deportiva nacional. Pero su victoria más silenciosa ocurrió lejos de las cámaras, cuando decidió que ninguna persona que llegara a su gimnasio debía marcharse sin comida.

Castro construyó su vida alrededor de una misma idea: resistir y dar otra pelea. Lo hizo ensangrentado en Monterrey y lo repitió años después frente al hambre de miles de argentinos. Esa combinación de coraje, contradicciones, carisma y solidaridad explica por qué el Roña no fue solamente un campeón. Fue un ídolo popular.

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